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12.10.06

Día tres...


Sábado 8 de febrero.
Fue una noche muy tranquila. Sopló un viento suave del sector noroeste, el cielo estuvo parcialmente nublado y la temperatura descendió sólo hasta los 11º C.
Una vez desayunados ordenamos las cosas en el campamento y salimos a caminar. Anduvimos unos 500 metros hacia el este y luego avanzamos otros 1.000 metros en dirección sur hasta llegar, después de vadear un pequeño arroyo, al pié de una gigantesca roca que parecía haber sido cortada en grandes rebanadas, como si fuese un enorme pan. Decidimos escalarla y una vez arriba tuvimos una espléndida vista, hacia el sur, de varios cerros de altura muy variada y, más al fondo, la silueta del Champaquí recortada en el horizonte.
A la tarde, después de haber almorzado en el campamento, bajamos al arroyo con la intención de reabastecernos de agua y decididos a caminar en dirección este para intentar localizar sus nacientes. Pero después de andar unos 500 metros nos encontramos con un pequeño afluente cuyas aguas, para sorpresa nuestra, tenían mayor temperatura que las primeras. Evidentemente provenían de manantiales distintos, ya que cuando medimos la temperatura de ambas el termómetro nos marcó una diferencia de 4º C entre unas y otras (16º C y 20º C). El terreno se hacía muy escarpado, por lo que no pudimos continuar avanzando y decidimos regresar.
Esa noche tuvimos un cielo absolutamente despejado y una excelente luz de luna en fase de cuarto creciente, lo que nos permitió caminar por los alrededores del campamento sin la ayuda de las linternas y experimentar la extraña sensación que produce la adecuación de nuestras pupilas a la luz de la luna. Ese tipo de experiencia solamente es posible en sitios carentes de la contaminación lumínica que producen otras fuentes de luz. De más está decir que a nuestros hijos nunca antes se les había presentado semejante oportunidad…

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