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12.10.06

Día dos...


Viernes 7 de febrero.
Como era de esperar, esa madrugada tuvimos lluvia y viento. Cerca de las 02:30 nos despertamos con las primeras ráfagas de viento de mediana intensidad. A pesar de que confiábamos en que nuestra carpa resistiría las cambiantes condiciones meteorológicas que se presentarían en estas alturas, tomamos la precaución de guardar algunos elementos en bolsas impermeables. Si llegado el momento tuviésemos que mojarnos, era importante conservar al menos algo de ropa y las mantas en condiciones óptimas para abrigarnos, ya que la temperatura había descendido a 7º C. Pero afortunadamente la lluvia y el viento solo duraron unos treinta minutos.

“Anoche superamos nuestra prueba de fuego… Los truenos y los relámpagos me causaron miedo. Pensaba que estábamos solos en esta inmensidad, dentro de una carpa, desafiando a la naturaleza… Pero esta nos demostró que es posible convivir con ella” (de la libreta de notas de Mabi).

Amaneció parcialmente nublado pero sin amenaza de lluvia, así que después de desayunar decidimos bajar hasta el arroyo, que había aumentado su caudal como consecuencia de la lluvia, y empezamos una caminata para explorarlo hacia el oeste, en dirección hacia donde discurrían sus aguas. La quebrada fue profundizándose a medida que avanzábamos, y tanto en el lecho como en las orillas, podíamos observar rocas de gran tamaño obstruyendo el paso del agua, señal inequívoca de que el proceso erosivo a lo largo de miles de años había sido implacable en toda la zona.
Las nubes que ingresaban a esa pequeña quebrada hacían que por momentos nos sintiésemos envueltos por una niebla fría y muy húmeda.
Consultando los mapas arribamos a la conclusión de que este arroyo debía ser uno de los tantos afluentes del río Panaholma, cuyas nacientes se localizaban en todo el sector que nuestra vista podía abarcar. El Panaholma, al unirse con el río Mina Clavero, forman luego el río Los Sauces.
En los huecos de las rocas, que en algunos casos formaban pequeñas cuevas en cuyo interior cabían perfectamente alguno de nuestros hijos, crecía una gran variedad de helechos y musgos.

“Nos fuimos a caminar por el arroyo y encontramos muchas cascadas y caídas de agua entre cavernas casi sumergidas. Tocamos las nubes (sic) y sacamos algunas fotografías…” (de la Libreta de notas de Martín).

Ya de regreso en el campamento, y mientras almorzábamos, nos percatamos de que estábamos siendo observados por dos cóndores que volaban en círculo sobre nosotros. Evidentemente nuestros movimientos habían llamado poderosamente su atención, y con el correr de los días nos fuimos habituando a su presencia.
Mientras Mabi reparaba una rasgadura que se había producido en la mochila de Martín y nuestros hijos se divertían trepando en las rocas de los alrededores, yo me dediqué a revisar minuciosamente la carpa. Verifiqué el estado de los vientos (las sogas que la sostienen), las costuras y el sobretecho, constatando que todo había quedado en perfectas condiciones después de la tormenta. A las 14:30 hs. el termómetro marcaba 21º C a la sombra. La sensación de cansancio del día anterior ya no existía, señal de que los cinco estábamos aclimatados y acostumbrados a los 2.200 metros de altura.
Alrededor de las 15:00 preparamos el equipo aligerado y nos dirigimos en dirección sureste con la intención de reconocer el terreno por el que deberíamos transitar para encontrar el viejo camino de las Altas Cumbres, que une las localidades de Villa Carlos Paz con Mina Clavero. Esa sería la ruta a seguir dentro de cinco días, cuando iniciáramos el descenso hacia el Valle de Traslasierra.
No hubo necesidad de recurrir a la orientación con brújula, ya que guiándonos solo con el mapa dimos con el camino que buscábamos al cabo de unos cuarenta minutos de caminata. Decidimos seguir el trayecto del mismo porque nos atrajo la belleza del paisaje que era posible observar desde allí. Veíamos con absoluta nitidez gran parte del Valle de Traslasierra y, girando un poco la vista hacia el sur, la imponente imagen del cerro Champaquí que, con sus 2.790 metros, es la mayor altura del cordón de las Sierras Grandes y del conjunto de las Sierras Pampeanas en el territorio de la provincia de Córdoba. La cima está casi siempre cubierta de nubes y allí se generan muchas tormentas súbitas, las que generalmente se trasladan luego a los valles circundantes.
Muchos pequeños cursos de agua, algunos temporarios, descienden de las sierras y atraviesan el viejo camino que, en algunos tramos, se puede tornar intransitable durante algunas horas cuando las precipitaciones son intensas.
Habíamos caminado unos mil metros cuando decidimos emprender el regreso, que por supuesto nos costó mucho más porque fue en subida. Ya en el campamento, y hacia el atardecer, el silencio fue tan absoluto que nos permitió escuchar el zumbido de los mosquitos, que más tarde desaparecieron cuando se levantó un viento suave y fresco.
Mientras preparamos la cena pudimos sintonizar LS3, una emisora de la ciudad de Córdoba. A pesar de que la señal era muy débil y por momentos nos costó mantenernos en sintonía, nos enteramos de los graves daños que la tormenta de esa noche había causado en todo el Valle de Punilla, donde la lluvia torrencial había provocado inundaciones en varios sectores de la ciudad.

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