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12.10.06

Llegada a la Pampa de Achala.

El mapa muestra un sector de las Sierras de Córdoba y la enorme extensión que abarca la Pampa de Achala. Están señalados el lugar donde acampamos y el recorrido que sigue el Camino de las Altas Cumbres.

Jueves 6 de febrero.
Hacía aproximadamente veinte minutos que caminábamos entre las formaciones rocosas. Maxi y Nahuel estaban muy sorprendidos por la fisonomía del paisaje que se presentaba ante sus ojos y que nunca antes habían observado. Cuando alcanzamos la parte más alta de un cerro pude divisar una pequeña quebrada de unos doscientos metros de profundidad y un pequeño curso de agua que serpenteaba en la parte más profunda. Consideré que ese sería un buen lugar para establecer el campamento.
Estábamos en pleno corazón de lo que se conoce como Pampa de Achala, un lugar situado a unos 2.200 metros de altura sobre el nivel del mar, una reserva hídrica natural que abarca una superficie de 146.000 hectáreas en la zona central de las Sierras Grandes. Este cordón montañoso es el que alcanza la mayor altura en la provincia de Córdoba y conforma una región con características muy particulares. Su enorme diversidad de ambientes y vegetación constituyen un refugio para gran cantidad de fauna que, en algunos casos, solo se presentan en este lugar. La mayor parte de las lluvias de la provincia son recibidas y almacenadas en la Pampa de Achala.
Descendimos hasta el riacho y mojamos nuestras cabezas. El sol pegaba de lleno y la temperatura era bastante elevada. El cielo se presentaba muy limpio, aunque podíamos observar algunas nubes hacia el oeste. El agua era cristalina; pero recomendé a mis hijos no beberla a fin de evitar cualquier problema gastrointestinal durante el primer día.
Comenzamos a ascender nuevamente el cerro y nos detuvimos unos cincuenta metros antes de llegar a la cima. Allí el terreno se suavizaba levemente y una formación rocosa de unos diez metros de altura se extendía en dirección este-oeste. Pensé que eso era lo que necesitábamos, ya que la misma constituiría una excelente protección contra los vientos que pudiesen soplar desde el sur. Desde la parte más alta de esa roca divisábamos perfectamente el cerro Champaquí hacia el sur y la Pampa de Achala extendiéndose en dirección nor-noreste; mirando al oeste, de norte a sur, la sierra de Panaholma y las localidades de villa Cura Brochero y Mina Clavero en el Valle de Traslasierra; más lejos, con su silueta recortándose en el horizonte, los volcanes; y entre éstos y la sierra de Panaholma, la Pampa de Pocho. En el centro del valle era posible observar el río Los Sauces en su recorrido hacia el dique La Viña.
Sin perder más tiempo fuimos al encuentro de Mabi y Martín, quienes se habían quedado al costado del Camino de las Altas Cumbres cuidando todo nuestro equipo.

“El ómnibus que nos trajo de Villa Carlos Paz se detuvo en el parador El Cóndor. Había un cartel anunciando que nos encontrábamos a 2300 metros sobre el nivel del mar. Después de una detención de 15 minutos seguimos viaje rumbo a La Posta. Le preguntamos al conductor del ómnibus si podría detener la marcha unos kilómetros más adelante, para dejarnos en plena Pampa de Achala, a lo que accedió amablemente. Hace calor, estoy algo mareada y me corre la transpiración. El viaje en ómnibus, con tantas curvas y pendientes, más el efecto de la altura del lugar me ha causado vértigo...” (de la libreta de notas de Mabi).

Nos colocamos las mochilas y empezamos a caminar hacia el lugar elegido. Nuestro viaje había comenzado en la ciudad de Buenos Aires el día anterior –miércoles 3 de febrero de 2003–, y después de casi once horas de viaje en ómnibus, habíamos arribado a Villa Carlos Paz a las 08:30hs. Allí abordamos el ómnibus que nos dejó en el sitio mismo donde comenzaría nuestro desafío: una semana de turismo aventura en el corazón mismo del cordón de las Sierras Grandes. Siete días de aislamiento total en la Pampa de Achala.
Antes de almorzar montamos la carpa, desplegamos la tela media sombra para protegernos del sol y ordenamos todo el resto del equipo. Eran las 15:30. Mabi se veía muy cansada y con síntomas muy claros de estar sufriendo los efectos de la altura. Como la temperatura era muy alta (29ºC a la sombra), decidimos descender hasta el arroyo para refrescarnos. Allí estuvimos alrededor de una hora y media y antes de regresar al campamento recogimos ocho litros de agua en el bidón descartable y le agregamos cloro para potabilizarla.
Esa noche, mientras cenábamos, pudimos observar como se formaban dos frentes de tormenta. Uno se gestaba sobre el Valle de Punilla, hacia el noreste, mientras que el restante abarcaba todo el Valle de Traslasierra, hacia el oeste.

Foto del campamento.

Día dos...


Viernes 7 de febrero.
Como era de esperar, esa madrugada tuvimos lluvia y viento. Cerca de las 02:30 nos despertamos con las primeras ráfagas de viento de mediana intensidad. A pesar de que confiábamos en que nuestra carpa resistiría las cambiantes condiciones meteorológicas que se presentarían en estas alturas, tomamos la precaución de guardar algunos elementos en bolsas impermeables. Si llegado el momento tuviésemos que mojarnos, era importante conservar al menos algo de ropa y las mantas en condiciones óptimas para abrigarnos, ya que la temperatura había descendido a 7º C. Pero afortunadamente la lluvia y el viento solo duraron unos treinta minutos.

“Anoche superamos nuestra prueba de fuego… Los truenos y los relámpagos me causaron miedo. Pensaba que estábamos solos en esta inmensidad, dentro de una carpa, desafiando a la naturaleza… Pero esta nos demostró que es posible convivir con ella” (de la libreta de notas de Mabi).

Amaneció parcialmente nublado pero sin amenaza de lluvia, así que después de desayunar decidimos bajar hasta el arroyo, que había aumentado su caudal como consecuencia de la lluvia, y empezamos una caminata para explorarlo hacia el oeste, en dirección hacia donde discurrían sus aguas. La quebrada fue profundizándose a medida que avanzábamos, y tanto en el lecho como en las orillas, podíamos observar rocas de gran tamaño obstruyendo el paso del agua, señal inequívoca de que el proceso erosivo a lo largo de miles de años había sido implacable en toda la zona.
Las nubes que ingresaban a esa pequeña quebrada hacían que por momentos nos sintiésemos envueltos por una niebla fría y muy húmeda.
Consultando los mapas arribamos a la conclusión de que este arroyo debía ser uno de los tantos afluentes del río Panaholma, cuyas nacientes se localizaban en todo el sector que nuestra vista podía abarcar. El Panaholma, al unirse con el río Mina Clavero, forman luego el río Los Sauces.
En los huecos de las rocas, que en algunos casos formaban pequeñas cuevas en cuyo interior cabían perfectamente alguno de nuestros hijos, crecía una gran variedad de helechos y musgos.

“Nos fuimos a caminar por el arroyo y encontramos muchas cascadas y caídas de agua entre cavernas casi sumergidas. Tocamos las nubes (sic) y sacamos algunas fotografías…” (de la Libreta de notas de Martín).

Ya de regreso en el campamento, y mientras almorzábamos, nos percatamos de que estábamos siendo observados por dos cóndores que volaban en círculo sobre nosotros. Evidentemente nuestros movimientos habían llamado poderosamente su atención, y con el correr de los días nos fuimos habituando a su presencia.
Mientras Mabi reparaba una rasgadura que se había producido en la mochila de Martín y nuestros hijos se divertían trepando en las rocas de los alrededores, yo me dediqué a revisar minuciosamente la carpa. Verifiqué el estado de los vientos (las sogas que la sostienen), las costuras y el sobretecho, constatando que todo había quedado en perfectas condiciones después de la tormenta. A las 14:30 hs. el termómetro marcaba 21º C a la sombra. La sensación de cansancio del día anterior ya no existía, señal de que los cinco estábamos aclimatados y acostumbrados a los 2.200 metros de altura.
Alrededor de las 15:00 preparamos el equipo aligerado y nos dirigimos en dirección sureste con la intención de reconocer el terreno por el que deberíamos transitar para encontrar el viejo camino de las Altas Cumbres, que une las localidades de Villa Carlos Paz con Mina Clavero. Esa sería la ruta a seguir dentro de cinco días, cuando iniciáramos el descenso hacia el Valle de Traslasierra.
No hubo necesidad de recurrir a la orientación con brújula, ya que guiándonos solo con el mapa dimos con el camino que buscábamos al cabo de unos cuarenta minutos de caminata. Decidimos seguir el trayecto del mismo porque nos atrajo la belleza del paisaje que era posible observar desde allí. Veíamos con absoluta nitidez gran parte del Valle de Traslasierra y, girando un poco la vista hacia el sur, la imponente imagen del cerro Champaquí que, con sus 2.790 metros, es la mayor altura del cordón de las Sierras Grandes y del conjunto de las Sierras Pampeanas en el territorio de la provincia de Córdoba. La cima está casi siempre cubierta de nubes y allí se generan muchas tormentas súbitas, las que generalmente se trasladan luego a los valles circundantes.
Muchos pequeños cursos de agua, algunos temporarios, descienden de las sierras y atraviesan el viejo camino que, en algunos tramos, se puede tornar intransitable durante algunas horas cuando las precipitaciones son intensas.
Habíamos caminado unos mil metros cuando decidimos emprender el regreso, que por supuesto nos costó mucho más porque fue en subida. Ya en el campamento, y hacia el atardecer, el silencio fue tan absoluto que nos permitió escuchar el zumbido de los mosquitos, que más tarde desaparecieron cuando se levantó un viento suave y fresco.
Mientras preparamos la cena pudimos sintonizar LS3, una emisora de la ciudad de Córdoba. A pesar de que la señal era muy débil y por momentos nos costó mantenernos en sintonía, nos enteramos de los graves daños que la tormenta de esa noche había causado en todo el Valle de Punilla, donde la lluvia torrencial había provocado inundaciones en varios sectores de la ciudad.

Día tres...


Sábado 8 de febrero.
Fue una noche muy tranquila. Sopló un viento suave del sector noroeste, el cielo estuvo parcialmente nublado y la temperatura descendió sólo hasta los 11º C.
Una vez desayunados ordenamos las cosas en el campamento y salimos a caminar. Anduvimos unos 500 metros hacia el este y luego avanzamos otros 1.000 metros en dirección sur hasta llegar, después de vadear un pequeño arroyo, al pié de una gigantesca roca que parecía haber sido cortada en grandes rebanadas, como si fuese un enorme pan. Decidimos escalarla y una vez arriba tuvimos una espléndida vista, hacia el sur, de varios cerros de altura muy variada y, más al fondo, la silueta del Champaquí recortada en el horizonte.
A la tarde, después de haber almorzado en el campamento, bajamos al arroyo con la intención de reabastecernos de agua y decididos a caminar en dirección este para intentar localizar sus nacientes. Pero después de andar unos 500 metros nos encontramos con un pequeño afluente cuyas aguas, para sorpresa nuestra, tenían mayor temperatura que las primeras. Evidentemente provenían de manantiales distintos, ya que cuando medimos la temperatura de ambas el termómetro nos marcó una diferencia de 4º C entre unas y otras (16º C y 20º C). El terreno se hacía muy escarpado, por lo que no pudimos continuar avanzando y decidimos regresar.
Esa noche tuvimos un cielo absolutamente despejado y una excelente luz de luna en fase de cuarto creciente, lo que nos permitió caminar por los alrededores del campamento sin la ayuda de las linternas y experimentar la extraña sensación que produce la adecuación de nuestras pupilas a la luz de la luna. Ese tipo de experiencia solamente es posible en sitios carentes de la contaminación lumínica que producen otras fuentes de luz. De más está decir que a nuestros hijos nunca antes se les había presentado semejante oportunidad…

Día cuatro...



Domingo 9 de febrero.
A las diez de la mañana la temperatura era de 17º C a la sombra; pero al sol la misma trepaba a los 31º C. La radiación solar se hace sentir en las alturas y, en nuestro caso, habíamos tomado la precaución de utilizar cremas protectoras. De todos modos estábamos empezando a sentir los efectos que los rayos ultravioletas producían sobre nuestra piel.
Por la mañana caminamos hacia el norte, siguiendo la dirección de la Pampa de Achala. Ante nosotros se podía apreciar una superficie medianamente llana, interrumpida a veces por afloramientos rocosos y algunas planicies sobreelevadas de material de arrastre fluvial, proveniente de las sierras circundantes como resultado de la erosión que provocan las lluvias torrenciales.
Después de caminar aproximadamente un kilómetro, nos dirigimos hacia el oeste, hasta lo que parecía ser el borde mismo de toda esa altiplanicie. Desde allí tuvimos una vista inmejorable de las sierras de Panaholma y, mirando al sureste, de una serie de relieves muy antiguos que han sobrevivido al paso del tiempo y que llamaron poderosamente nuestra atención. No nos costó mucho encontrar su ubicación en los mapas, en el extremo sur de las serranías cordobesas, entre la Sierra Grande y el Cordón Occidental. Se trataba de los cerros Yerba Buena, Poca, Velis yViso, más conocidos como Los Volcanes, los que constituyen el relicto del fuerte vulcanismo cuaternario que sufrió toda la zona y que ahí está representado por esos restos de chimeneas volcánicas. El más alto es el Yerba Buena, con unos 1650 metros de altura.

“Muchas lagartijas se nos cruzaron cuando volvíamos de ver los volcanes. Hacía mucho calor. Almorzamos pan de carne con bizcochos…Después bajamos al arroyo a lavar los platos y a juntar agua…” (De la libreta de notas de Martín).

La tarde de ese domingo se presentó extremadamente calurosa, por lo que decidimos permanecer en el campamento. Por momentos el calor era sofocante y no soplaba nada de viento. El termómetro, en la sombra, llegó a los 31º C.
Al atardecer, todavía con el sol en el horizonte, la temperatura descendió bruscamente a 15º C, consecuencia directa de la formación del frente de tormenta que podíamos observar en el valle de Traslasierra. Como todavía faltaba una hora para que oscureciera totalmente, y ante la posibilidad de que esa noche tuviésemos vientos fuertes en la zona ya que podíamos escuchar los truenos y ver los refucilos sobre el valle, tomamos la precaución de asegurar la carpa. Para protegerla de las ráfagas que pudiesen azotarnos desde el sur, levantamos una pequeña pared con piedras. Mientras tanto podíamos observar como llovía torrencialmente hacia el suroeste del valle. También colocamos grandes piedras sobre las grampas que fijaban las cuerdas de la carpa al suelo.
Nos costó bastante cocinar los capelletinis de pollo para la cena debido al viento que se había levantado.

Fotografía de una hermosa cascada.

Día cinco...


Lunes 10 de febrero.
Tal como lo habíamos previsto, a la noche tuvimos que soportar una enorme tormenta. A las 04:30 empezamos a sentir unas ráfagas de viento muy fuerte. Inmediatamente nos despertamos y empezamos con el operativo de embolsar todas aquellas pertenencias que pudiesen mojarse. La tormenta eléctrica era muy fuerte y llovía con mucha intensidad. De pronto el ruido de esta sobre el techo de la carpa se intensificó y la situación empeoró: ¡había comenzado a caer granizo! Abrí un poco el cierre de la carpa y observé que el mismo no era de gran tamaño, por lo que me tranquilicé. De todos modos esta se sacudía peligrosamente y con la ayuda de Martín y Maxi intentábamos sostenerla desde el interior tomándonos de los parantes flexibles. Al cesar el granizo, que para nosotros duró una eternidad, siguió una lluvia torrencial. Los canales que habíamos cavado alrededor de la carpa no daban abasto para desagotar la enorme cantidad de agua de lluvia que escurría del techo. Y como el terreno tenía una pendiente muy suave, la misma comenzó a correr como si fuese un torrente por debajo del piso de la carpa. Tronaba muchísimo y escuchábamos caer algunos rayos. Con cada estampido de los mismos sentíamos como vibraba el terreno debajo de nosotros.

“Hoy a la madrugada llovió torrencialmente y cayeron piedras (sic)…Tuvimos que sostener la carpa porque se movía mucho con la tormenta” (de la libreta de notas de Maxi).

“…Tenía miedo; pero no dije nada. Debajo del piso de la carpa el agua corría con fuerza. Era como si estuviésemos sentados sobre un colchón de agua helada…A eso de las 06:00 el viento y el agua pararon por completo” (de la libreta de notas de Mabi).

Me desperté a las 08:45 y lo primero que hice fue revisar la carpa. Estaba en perfectas condiciones. El silencio era absoluto y podía escuchar el ruido del agua de lluvia cayendo por innumerables cascadas hacia el arroyo. Sobre la tela media sombra aún quedaban vestigios del granizo que había caído hacía unas cuatro horas.
Luego, mientras desayunábamos, sintonizamos FM 101.1 de Mina Clavero y nos enteramos de que allí la creciente súbita del río homónimo se había producido a las 08:40, por lo que calculamos que el agua de lluvia caída en toda la zona de la Pampa de Achala había tardado aproximadamente cuatro horas en llegar hasta esa ciudad.
Después de almorzar, y como hacía mucho calor, decidimos caminar hasta un sitio por el que habíamos pasado el sábado a la mañana. Si nuestros cálculos no nos fallaban, allí deberíamos encontrarnos con un espectáculo que solamente podríamos apreciar después de una lluvia torrencial como la de esa noche.
Anduvimos hacia el sureste durante una media hora, y cuando todavía nos quedaban unos cien metros para llegar al lugar, comenzamos a escuchar el inconfundible sonido que produce una gran cascada. Bajamos por entre las fisuras de unas rocas gigantescas y luego nos deslizamos por una pendiente cubierta de pastos medianamente altos. A medida que avanzábamos podíamos apreciar mucho más la magnificencia de aquella caída de agua: una hermosa cascada que se descolgaba desde casi veinte metros de altura.
Pasamos toda la tarde en ese lugar.

Día seis...

Mabi no está buscando oro... Está lavando algunos platos.


Sin lugar a dudas fue la noche más fría que debimos soportar, ya que a la madrugada la temperatura descendió hasta los 6º C; pero debido a la gran humedad y al viento que soplaba, la sensación térmica debe haber rondado los 2º C.
Una densa niebla cubrió todo el sector hasta media mañana, y una vez disipada el sol brilló con toda intensidad. A pesar de los recaudos que habíamos tomado, los cinco sentíamos los efectos del mismo sobre nuestra piel. En mi caso, tenía muy quemados los brazos, el cuello y mi cara, aunque sin ampollas. La preocupación pasaba por la espalda: si se me ampollaba se haría muy difícil cargar la mochila para iniciar el descenso al día siguiente…
A media tarde comenzó a llover. Fue un chaparrón de mediana intensidad. Luego salió el sol; después se nubló y volvió a llover. A los cinco minutos salió el sol otra vez. Lo sorprendente fue que todo ocurrió en un lapso de media hora.
Luego bajamos al arroyo a recoger agua y aprovechamos para bañarnos. Por supuesto que disfrutamos muchísimo ese momento, máxime sabiendo que estábamos ahí por última vez. Al día siguiente dejaríamos ese hermoso lugar…

“A las 19:00 terminé de coser una rasgadura en mi campera. Estoy pensando en mañana… Tenemos que levantarnos temprano para preparar las mochilas y empezar a descender hacia Mina Clavero.” (De la libreta de notas de Mabi).

“Preparamos la cena y comimos adentro de la carpa porque había muchos mosquitos. No sopla viento y las estrellas brillan en el cielo. Todo hace suponer que el resto de la noche será tranquila.” (De mi libreta de notas).

Dia siete...


Fallaron mis predicciones! A las cuatro de la mañana, mientras dormíamos, se largó a llover. Tormenta eléctrica nuevamente… A las cinco disminuyó su intensidad; pero continuó lloviendo hasta las 08:15. Dormimos una hora más y cuando nos despertamos el día se presentaba fresco y nublado. Desayunamos a la espera de que las condiciones climáticas mejorasen, ya que no podíamos arriesgarnos a iniciar el descenso con lluvia.
A las 10:15, y en vista de que el día tendía a despejarse, tomamos la decisión de levantar el campamento y preparar las mochilas para dejar el lugar. En una hora y media tuvimos todo preparado.
A las 11:45 en punto empezamos a descender de la Pampa de Achala. Por supuesto que durante los primeros metros nadie pronunció palabra alguna. A todos nos costó muchísimo dejar ese hermoso lugar de las serranías cordobesas. Con la vista puesta en el valle de Traslasierra empezamos a descender los mil doscientos metros de altura y los treinta y cinco kilómetros que nos separaban de nuestro próximo objetivo, la pintoresca localidad de Mina Clavero…

Cómo planificamos el viaje

La planificación había comenzado a gestarse hacía varios meses y era una especie de deuda que habíamos contraído con nuestros tres hijos. Todos amamos la vida al aire libre, el contacto con la naturaleza y el descubrimiento tanto de nuevos lugares como de nuevas sensaciones. Pero este viaje, sin lugar a dudas, constituyó una gran experiencia para todos.
Todo fue planificado hasta en los más mínimos detalles. En las conversaciones previas que habíamos mantenido charlamos acerca de todas las dificultades que podrían surgir en cada momento, en como resolver cada una de ellas, en los riesgos que deberíamos minimizar y en la peligrosidad de los accidentes que sí o sí deberíamos evitar. Este último punto revestía un interés especial, ya que de ello dependería el éxito de nuestra empresa: un accidente representaría el inmediato regreso de todos y el final anticipado de nuestro viaje.

Los alimentos

La provisión de alimentos nos duraría ocho días y estaban preparados en paquetes que contenían cinco raciones, identificados a su vez con una letra D, A, M y C (desayuno, almuerzo, merienda y cena). Al momento de armar los mismos tuvimos muy en cuenta el requerimiento diario de calorías. Así, por ejemplo, un envoltorio para una cena contenía un paquete de capelletinis de pollo deshidratado, una lata de salsa portuguesa, un sobre de queso rallado, una porción de bizcochos, pan o galletas saladas y un sobre para preparar un litro de jugo de frutas. Un desayuno podía estar compuesto de café con leche, barras de cereales y pan o bizcochos con miel.
Este es el listado total de alimentos: 1 k de azúcar, 1 k de fideos, 1 k de yerba, 1 k de arroz, 1 k de leche en polvo, ¼ l de aceite, 100 g sal fina, 150 g sal gruesa, 15 barras de cereales, 25 saquitos de café, 25 de mate cocido, ¼ k de miel, 1 pan de carne enlatado, 1 budín de carne enlatado, 3 latas picadillo de carne, 3 latas de paté de foie, 1 lata de jardinera de verduras, 2 k de capelletinis (carne y pollo), 3 latas de salsa portuguesa, 600 g de queso rallado, 1 k bizcochos agridulces, 1 k de salados, 60 panes, 2 sobres sopa crema de pollo c/arroz, 1 de verduras, 1 de espárragos y 1 de crema de choclo, 15 sobres de jugo de frutas deshidratado, 3 salamines, especias y condimentos, 750 g de postre Mantecol y 1 k de caramelos de frutas.
Al tema alimentario le prestamos especial atención al momento de planificar el viaje. Y es que en el medio de la nada sería muy difícil encontrar un lugar donde comprar alimentos…


Equipo de campamento

Todo lo que transportamos en cinco mochilas: 1 carpa iglú p/4 personas, 1 carpa iglú p/2 personas, 32 paquetes con alimentos, 1 calentador, 5 cartuchos de gas, 1 farol, 1 litro de combustible, 5 linternas, 1 olla, 1 cafetera, cuchillos, tenedores y cucharas, platos, jarros, 1 abrelatas, mate y bombilla, termo de acero, 1 Kg de yerba mate, 3 mantas , repasadores, fósforos de seguridad, tela ½ sombra, ¼ litro de cloro, radio portátil, lupa, sogas, grampas adicionales, bolsas de nylon, 5 caramañolas, brújula, mapas, cartas y guía turística, termómetro ambiente, alambre, espejo, silbato, botiquín de primeros auxilios, capas de lluvia, anteojos, película y cámara fotográfica, libretas de notas.
Ropa (cada uno): 1 campera, 3 remeras, 1 bermuda, 1 cuello polar, 1 buzo polar, medias, 1 pantalón, zapatillas, sandalias, 1 camisa, 1 short de baño, gorra y ropa interior.
Elementos de higiene personal: cepillos y crema dental, toallas, jabón, peine, papel higiénico y elementos de higiene femeninos (Mabi).
Además en Villa Carlos Paz habíamos comprado un bidón descartable conteniendo 8 litros de agua mineral y una bolsa con 5 kilos de pan.

18.9.06

Origen de las Sierras de Córdoba

Esta zona constituye uno de los núcleos turísticos más importantes de la Argentina. Esta vasta región posee cualidades tales como la belleza y variedad de paisajes, los atrayentes lagos, arroyos y ríos, los beneficios del clima y de algunas de sus aguas, y los restos arqueológicos de habitantes primitivos.
Comprende tres grandes valles: Valle de Punilla, Valle de Calamuchita y Valle de Traslasierra.
La historia geológica de las sierras de Córdoba se remonta a millones de años, con la formación de una cuenca sedimentaria que luego fue sometida a deformación como fruto de enormes presiones horizontales. Posteriormente, en la Era Primaria, hubo intrusiones de grandes cuerpos ígneos –batolitos– de composición granítica, produciendo la elevación de la naciente montaña. En esta región no se han confirmado glaciaciones.
En la Era Terciaria se activaron las viejas estructuras y se generaron otras nuevas. Junto con la deformación se desarrolló un notable vulcanismo en la región occidental y, por último, a fines de la Era Terciaria y comienzos de la Cuaternaria, toda la región sufrió un alzamiento general conformando así las actuales serranías.
Las fuerzas tectónicas actuantes en el plegamiento andino generaron presiones horizontales desde el oeste y, debido a la rigidez de los materiales subyacentes, provocaron la existencia de fallas, casi todas en dirección norte-sur y con una consiguiente alineación de los cordones. En estos están representados los tres tipos de rocas: metamórficas, sedimentarias e ígneas o graníticas.
Las más usuales aquí son las rocas metamórficas, formadas a partir de un basamento plutónico-metamórfico de edad precámbrica, compuesto en su mayor parte por metamorfitas de grano grueso (gneis y migmatitas), interrumpido por grandes manifestaciones graníticas (batolitos), muy comunes en la Pampa de Achala. Los mismos forman relieves muy singulares.

El clima de las sierras

Esta región de las Sierras Grandes posee un clima muy variado, con veranos muy cálidos y lluviosos, e inviernos fríos y secos. Durante esa estación es muy común que toda la zona de la Pampa de Achala se cubra de nieve.
Generalmente presenta un cielo límpido, alto índice de heliofanía y una humedad relativa que ha aumentado a partir de la construcción de las numerosas represas y diques, tanto en Córdoba como en las provincias cercanas.

Flora y fauna de la Pampa de Achala

Aquí se presenta una vegetación propia de carácter arbóreo xerófilo. Esto significa que son plantas de climas desérticos que se caracterizan por ser muy eficientes en la captación y uso del agua.
La misma está compuesta por espinillos muy pequeños que crecen generalmente en las quebradas, tabaquillos, cactáceas, colas de zorro o plumerillos, pastos duros como el espartillo, y algunas gramíneas, helechos, musgos y líquenes. El tabaquillo es un árbol pequeño, de gran predominio en las sierras grandes y muy particularmente en los cerros Los Gigantes y Champaquí. Se lo reconoce por la silueta tortuosa de su tronco, de corteza escamada que se desprende en láminas muy delgadas de color cobre rojizo. Es semejante al arrayán, su madera es quebradiza y no apta para la combustión.
También hay una gran variedad de especies animales acompañando esta vegetación, destacándose la presencia del gato montés, puma, zorro gris, reptiles (lagartijas y víboras) y batracios en las cercanías de los cursos de agua. Es común ver ejemplares de cuis y pequeños roedores. Entre las aves se destacan el cóndor, el jote cabeza colorada y el águila mora.
La población de cóndores y de pumas está en paulatino aumento, sobre todo en el Parque Nacional Quebrada del Condorito y en las zonas aledañas al mismo.

Primitivos habitantes de la región

A la llegada de los españoles la región de las Sierras Grandes estuvo ocupada por pueblos comechingones, agrupados en provincias cuyos territorios se demarcaban con pircas (paredes de piedras en seco). Los primeros cronistas que los vieron escribieron acerca de “hombres barbudos como nosotros”. Parece que la barba llamó la atención de los españoles, y quedó como uno de los rasgos que identificaron a estas comunidades. Solamente subían a las zonas más altas de las sierras en la temporada de verano. Durante el invierno, muy crudo en las alturas, permanecían en los valles habitando viviendas semienterradas con techos de paja, rodeados de muretes de piedra para la contención de las aguas, o bien, se albergaban en cuevas y bajo las salientes de las rocas. La base de su economía era la agricultura. Cosechaban maíz, zapallo, porotos y una especie de arroz llamado quinoa. También recolectaban frutos autóctonos (algarrobo, chañar y tunas) y cazaban vizcachas, liebres y aves. Para ello utilizaron armas: arcos, flechas, lanzas, hachas, boleadoras y puñales, que fabricaban en piedra, o bien, en madera de algarrobo o hueso. Criaban alpacas y llamas y empleaban su lana para confeccionar vestimentas en telares rústicos. La cerámica no tuvo gran desarrollo entre los comechingones. El núcleo de la comunidad era la familia extensa, y un grupo de familias constituía una parcialidad al mando de un cacique.
Unos 6.000 años a.C. esta cultura fue precedida por la cultura Ayampitín, de cazadores-recolectores especializados –que habitaron en el paraje Ayampitín, en la zona de la Pampa de Oláen, al noroeste de la Pampa de Achala–, y por cazadores-recolectores tardíos en las salientes de las rocas de Ongamira, cerca de la localidad de Capilla del Monte, donde también se registraron antecedentes de la etapa inicial de poblamiento, unos 13.000 años a.C.

Parque Nacional Quebrada del Condorito

Este parque se creó en el año 1995 para proteger la fauna que se vió amenazada con la construcción del Camino de las Altas Cumbres. Se accede al lugar tras una caminata de aproximadamente tres horas, desde el paraje El Cóndor, cruzando la Pampa de Achala para bajar abruptamente hacia la quebrada por una ladera en pendiente cubierta de tabaquillos. En el fondo corre el río, ideal para la pesca de truchas. El parque cubre una superficie de 37.000 hectáreas.
Desde el mirador que da al extenso cañadón, se puede observar el vuelo majestuoso de una de las aves más bellas de la región, el cóndor. Hacia 1970 su población no llegaba a la docena, y hoy se acercan a 400. El cóndor andino planea por estas tierras desde tiempos remotos, con su envergadura que puede llegar hasta tres metros.
El puma es otra de las especies que ha logrado recuperarse en todo el área del parque nacional y la Pampa de Achala.

BIBLIOGRAFIA CONSULTADA


*“Guía turística YPF”, Ed. San Telmo S.A., Buenos Aires, 1998.

*“Los hijos de la tierra”, Carlos Martínez Sarasola, Emecé Editores, Buenos Aires, 1998.